Elisa Sainz de Murieta es doctora en Geología y analiza los impactos del cambio climático, así como las políticas medioambientales y las medidas de adaptación, siempre desde un punto de vista socioeconómico. Ha dado comienzo a su conferencia con una simple pregunta: ¿en qué punto nos encontramos ahora?

Esa misma pregunta tiene muchas respuestas, y Sainz de Murieta ha partido desde la información básica. Ha presentado las modelizaciones que ha realizado la NASA, para dar a conocer cuál es la evolución de la temperatura del planeta desde finales del siglo XIX. “Se ve claramente que la temperatura media del planeta está aumentando. Pero no pasa en todos lados por igual: el hemisferio norte se ha calentado más que el hemisferio sur”, dice.

Una de las ideas que Sainz de Murieta quiere difundir, es que la información que nos ofrece la ciencia es clave en este problema. Ha presentado una lista de las principales evidencias científicas: el registro de la temperatura, por un lado, la capa de hielo marino del Ártico y la reducción de la extensión de los glaciares, por otro, y por último el aumento del nivel del mar.

Explica que la extensión del hielo marino del Ártico es cada vez menor. Y eso también se percibe en los glaciares. Se mide su balance de masas, es decir, la diferencia entre el hielo que recibe y pierde. “Es evidente que hay una pérdida neta de la masa de hielo de los glaciares”, explica Sainz de Murieta.

Por otro lado, es llamativo lo que indican los datos acerca del nivel del mar. “El nivel del mar está aumentando. En los últimos 7000 años el nivel del mar ha permanecido estable, pero en el siglo XX comenzó a subir. Se ha elevado 2 milímetros por año aproximadamente y ya ha subido más de 20 centímetros desde finales del siglo XIX. Además, desde 1993 hasta hoy a través de los registros vía satélite se observa una aceleración en el ascenso del nivel del mar. Actualmente se está elevando una media de 3,5 milímetros por año”.

¿Por qué pasa todo esto? Pues, por el aumento de gases de efecto invernadero en la atmósfera que están generando un cambio en el sistema climático. “El efecto invernadero es un proceso natural”, nos recuerda Sainz de Murieta. “Gracias a él se ha desarrollado la vida en la Tierra. Cuanto mayor sea la concentración de estos gases en la atmósfera, más subirán las temperaturas”. Claro, el problema es que, en el caso de algunos gases de efecto invernadero, el ser humano ha producido emisiones muy superiores a las naturales y, en consecuencia, la temperatura del planeta está aumentado rápidamente.

“¿Cómo de impactante ha sido nuestra huella? Pues, hasta el siglo XIX, la concentración de CO2 en la atmósfera ha sido de unos 280 ppm”, dice Sainz de Murieta. “Desde entonces ha aumentado rápidamente, y en 2021 se ha superado el límite de 420 ppm. Sabemos que ese cambio no es natural, ya que al menos en los últimos 800.000 años nunca se había superado el nivel de 300 ppm”. Además del aumento de la propia temperatura, este aumento de la concentración de gases de efecto invernadero trae consigo otros cambios, como la subida del nivel del mar. Las olas de calor y los fuertes temporales marítimos también son más frecuentes. Junto a ello están proliferando impactos como la inundabilidad, la erosión o, por ejemplo, el blanqueamiento de los corales.

La investigación de Sainz de Murieta se basa en una perspectiva económica. “Esto también puede cuantificarse en términos monetarios”, dice. “Por ejemplo, al medir el producto interior bruto (PIB) de Europa, se refleja que los daños económicos pueden aumentar a medida que suben las temperaturas. Naturalmente, hay incertidumbre en estas proyecciones, y según un estudio desarrollado en el marco del proyecto europeo de investigación COACCH, la magnitud de estos daños dependerá de la reducción de emisiones que seamos capaces de alcanzar. En términos generales, se espera que el sur de Europa sufra más que el norte. En el caso de la CAV, en un escenario desfavorable, el coste del cambio climático podría alcanzar un 3 % de su PIB en 2050”.

En los países en vías de desarrollo, las pérdidas pueden ser mucho más graves. En general, las regiones con menos emisiones recibirán el mayor impacto. “Da igual quién emite y cuánto. Como el CO2 se acumula en la atmósfera, es un problema global”, subraya Sainz de Murieta. “Y debemos hacerle frente de manera global”, añade.

En 2015 se firmó el Acuerdo de París. Tenía tres objetivos. El primero, limitar la subida de la temperatura media mundial a 1,5 grados para antes de final de siglo. El segundo, aumentar la capacidad para adaptarnos a los impactos y promover la resiliencia. El tercero, canalizar los flujos financieros en respuesta a los dos objetivos anteriores.

¿Cómo? En el mundo en general la mayor parte de las emisiones se generan en el ámbito de la energía. “En el País Vasco, esa proporción es un tercio de todas las emisiones, otro tercio viene del sector del transporte, la industria representa en torno al 20% y el resto corresponde a las viviendas, la agricultura y la ganadería, y los residuos”, dice Sainz de Murieta. “Debemos cambiar la manera en la que producimos energía, teniendo en cuenta también que la mejor energía es la que no se consume”.

Como ha explicado, las medidas para impulsar la eficiencia energética serán muy importantes. Según algunos expertos, las mayores inversiones se han de hacer en esta área. Además, se deberá cambiar el modelo de transporte. “La clave es la electrificación, pero también tendremos que revisar nuestras costumbres”, dice. El sector agrario incorpora también a la ganadería y la silvicultura. En el País Vasco este sector no representa una gran contribución a las emisiones, pero a nivel mundial el 25 % de las emisiones vienen de ese ámbito. Por lo tanto, también se habrá de tomar medidas relacionadas con ciertas prácticas ligadas a la deforestación, la agricultura y ganadería.

En opinión de Sainz de Murieta, además de reducir las emisiones, habrá que hacer otro esfuerzo más: “Debemos intentar reducir las emisiones para que el aumento de la temperatura sea el menor posible, pero incluso tomando medidas ambiciosas en ese ámbito tendremos que prepararnos para hacer frente a los impactos que se van a producir”.

Para empezar, los ecosistemas nos ofrecen opciones para la adaptación. Las marismas, por ejemplo, pueden adaptarse para aumentar el nivel del mar si tienen suficiente aporte de sedimentos y si el nivel del mar sube lentamente. Si el mar subiera más rápidamente, perderíamos esa capacidad.

Además, tendríamos que diseñar infraestructuras en zonas urbanas consolidadas. “Un ejemplo de este tipo de infraestructuras es la barrera que hay en el estuario del Támesis de Londres”, ha explicado Sainz de Murieta. “Es una barrera que se puede abrir y cerrar, para hacer frente al riesgo de inundación. Se trata de una infraestructura de 1980, pero hace unos diez años empezaron a trabajar en un plan para adaptarla a las consecuencias del cambio climático, teniendo en cuenta cual será la tendencia del nivel del mar en el futuro”.

Trabajar con proyecciones es complejo, claro. “Hay mucha incertidumbre en las proyecciones, especialmente a largo plazo”, dice Sainz de Murieta. “Es muy difícil saber con exactitud qué pasará y dónde, pero conocemos bien cuáles son las tendencias y podemos tomar medidas flexibles para hacer frente a las consecuencias del cambio climático, es decir, medidas que serán capaces de responder ante diversos escenarios”.

En la ciudad de Copenhague, por ejemplo, han diseñado un parque que puede cumplir varias funciones, incluyendo la respuesta ante lluvias torrenciales, que allí es un problema recurrente. “El parque se puede utilizar de manera normal, para disfrutar en él, pero en situaciones de lluvias torrenciales, tiene la capacidad de recoger el agua y de canalizarla, evitando o reduciendo la superficie inundada”. Son ejemplo de soluciones orientadas a reducir los impactos. Además, las medidas de adaptación tienen otra ventaja: “Son medidas que se pueden llevar a cabo a nivel local, que deben llevarse a cabo de esa manera. Cada municipio tendrá un reto diferente. Los pueblos de la costa tendrán unos riesgos, otros de vez en cuando podrían sufrir inundaciones fluviales, y los del interior, como algunos municipios del sur de Álava, por ejemplo, pueden tener riesgos relacionados con las sequías y la escasez de recursos hídricos”.

Sainz de Murieta ha dado también una visión positiva. Dentro del proyecto COACCH, han visto que las políticas climáticas también conllevan ciertos beneficios y éstos se han cuantificado. “Si la adaptación no tiene lugar antes de 2050 en Europa, los daños económicos debido al aumento del nivel del mar podrían alcanzar entre 115.000 y 310.000 millones de euros, en función del escenario climático considerado. En cambio, si se implementaran medidas de adaptación, los daños se situarían entre 28.000 y 44.000 millones de euros. La adaptación, por tanto, aporta importantes beneficios económicos. En lo que corresponde al riesgo de inundaciones, sin adaptación, los daños en Europa podrían alcanzar 70.000 millones de euros y, tomando las medidas necesarias, bajarían a 27.000 millones de euros. Se han calculado también los daños de otros impactos, pero, a fin de cuentas, “la ciencia ha mostrado una y otra vez que, hacerle frente al cambio climático, es más barato que los impactos y sus consecuencias. Y no solo más barato, sino que también es más favorable desde un punto de vista social y ambiental”, dice Sainz de Murieta. “Al final, la reducción de emisiones (a lo que llamamos mitigación) nos devuelve 1,9 euros por cada euro invertido. Proteger nuestro clima nos trae casi el doble de beneficios que dañarlo”.

Otro de los problemas que se investiga es la sinergia entre las políticas climáticas y otras, como las orientadas a reducir la contaminación del aire. Mejorar la calidad del aire en las ciudades y responder al cambio climático son medidas que van de la mano. Por lo tanto, hacerle frente al problema del clima podría traer soluciones a otros problemas también. “Sabemos cuáles son las consecuencias que esto tiene sobre la salud de las personas”, dice.

Sainz de Murieta ha terminado con un último mensaje: en esta transición no debemos olvidar a los más débiles, los más vulnerables. Debemos hacer un llamamiento para recordar que el cambio climático daña más a los colectivos y sociedades más vulnerables y, por lo tanto, esto requiere de atención especial a la hora de definir las políticas climáticas.

 

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