20 años cumple este año la Fundación Lurgaia. Respecto al pasado, presente y futuro, ¿qué destacaríais? ¿En qué aspectos incidiríais? ¿Cuál es vuestra filosofía de trabajo?

Nuestra filosofía es, precisamente y sencillamente, el trabajo real, no sólo las palabras.

Hace 20 años, marcamos un objetivo que era hacer algo para mejorar la situación en la que se encuentra nuestro medio natural y establecimos unos criterios de actuación basados en la ciencia y la ecología. Y empezamos a trabajar. Al principio, en solitario pero, cada vez más, se nos fue sumando ayuda y ahora mismo tenemos una red de más de 2.000 personas que nos ayudan y que coinciden con esa filosofía de actuar. Por no hablar de que tenemos más de 520 socias y socios que ayudan económicamente también.

Para la fundación, el voluntariado es un pilar fundamental, no solo porque nos ayuda con el trabajo, sino porque a través de él llevamos a cabo una importantísima labor de divulgación y generamos conocimiento y conciencia sobre nuestro medio natural.

En plena emergencia climática, ¿qué os sugiere la última Declaración sobre Bosques y uso de la Tierra de la COP26 (Glasgow)? ¿Y el Acuerdo de París de 2015?

Sugiere muchas cosas, pero materializa muy pocas. No dudamos de la necesidad de estas cumbres, pero las declaraciones deben ser un paso previo a la acción, no son la acción en sí, que es la idea que parece que domina hoy en día.

Lo que está claro es que, mientras no cambiemos el modelo de producción y de consumo, con el objetivo siempre puesto en el crecimiento a toda costa más que en el bienestar, con un consumo disparado, con un movimiento de mercancías y alimentos entre lugares remotos del planeta, etc. no servirá de nada todo lo que hablemos.

Y nos sentimos mejor pensando que la culpa es de los gobiernos y las grandes empresas, pero el cambio está en todas las personas, tanto las que integran los gobiernos y las empresas, como las que deciden qué, cuánto y cómo consumir. Esa es la decisión que puede cambiar el mundo y mover a los gobiernos y a la economía.

En vuestra página web hacéis referencia al aspecto de implicar al sector privado. ¿Qué subrayaríais de ello? ¿Estáis logrando una mayor implicación debido a la RSC? ¿La tendencia va en aumento?

Sí, por una parte, hay un auge de la participación por parte de las empresas, motivado por iniciativas como los objetivos de desarrollo sostenible o las políticas de responsabilidad social corporativa. En la fundación se analiza cada colaboración y se evitan los proyectos que tengan una clara intención de lavado de imagen y, aunque hemos tenido que rechazar alguna ayuda, en general, las empresas están tomando conciencia y, no solo están aportando financiación a proyectos de restauración del medio natural, sino que están implementando procesos de mejora en sus procesos productivos teniendo en cuenta la componente medioambiental.

Y aquí podríamos aportar ejemplos que ilustran la pregunta anterior: son muchas las empresas que colaboran con nuestro proyecto que empezaron a través de una persona. Una persona que nos conocía o que era voluntaria y que movió a su empresa para participar.

A partir de ahí, en las jornadas de voluntariado corporativo se realiza una labor de sensibilización entre personas que no tienen por qué tener una vinculación con la naturaleza o la ecología, pero que, a través de ello, toman conciencia. E, incluso, muchas se reenganchan al voluntariado a partir de ahí.

Respecto a la importancia de incidir en la educación y sensibilización forestal, también realizáis plantaciones en terrenos con la colaboración de la sociedad civil. ¿Cómo veis todo este ecosistema? ¿Nueva activación del auzolan?

Sí, como te decía, el voluntariado es nuestro fundamento y, desde que comenzamos, no ha parado de crecer, no solo en número, sino también en forma. Lo que al principio se ligaba casi en exclusiva al mundo del naturalismo y la ecología, ahora es un grupo heterogéneo de procedencias, edades, géneros, contextos, maneras de pensar… Lo que sí tienen en común es la convicción clara de que la ciudadanía debe ser parte activa.

Y si antes hablábamos de la importancia de cada persona en un sentido, aquí está el otro sentido: las personas deciden quitarse del centro a favor de la colectividad. Quien planta árboles sin obtener un beneficio económico, y muchas veces sin siquiera ver el resultado final, está claro que trabaja por un bien común.

Respecto a vuestro ámbito de actuación, ¿dónde os movéis mayormente? ¿Algún proyecto destacable en los municipios? ¿Alguna novedad que os gustaría compartir?

Trabajamos, principalmente, en Bizkaia, pero también, y cada vez más, en Gipuzkoa. Y luego tenemos algunos proyectos en Asturias, Cantabria y Burgos.

El proyecto destacable, sin duda, es el bosque de Undabaso, en Ibarruri, en el municipio de Muxika, dentro de la Reserva de la Biosfera de Urdaibai, donde estamos recuperando el robledal mixto más grande de la propia Reserva y el segundo más grande de Bizkaia con casi 160 hectáreas y que, además, no para de crecer.

Y la novedad es lo que estamos creciendo en Gipuzkoa, donde tenemos cada vez más proyectos y, sobre todo, una creciente implicación de la gente para trabajar a favor de los bosques autóctonos.

Los bosques que están bajo la custodia de la Fundación solamente se dedican a conservación estricta. En este sentido, ¿qué tendencias, retos y preocupaciones veis? ¿Es momento para apostar seriamente por la conservación estricta?

Sí, rotundamente. Y no como apuesta, sino como necesidad.

Existe una mayoría de masas forestales dedicadas a cultivo y producción y existe una mínima parte dedicada a ser bosques nada más (y nada menos). Es urgente buscar un equilibrio entre unas y otros.

Los bosques bien conservados tienen una lista larga de beneficios medioambientales que no son comparables a los de un cultivo, entre los que destaca que, como ya ha demostrado la ciencia, luchan mejor contra el cambio climático y, aunque no fuera así ¿no es legítimo conservar una parte de nuestro paisaje y nuestro patrimonio natural y cultural?

La radiografía de los bosques de la CAV nos muestra el estado actual de todas ellas, ¿qué futuro cercano, no tan lejano y lejano deseáis para los bosques?

En Gipuzkoa y, sobre todo en Bizkaia, porque en Álava la situación no es tan grave, apenas quedan bosques de cierta entidad, solo algunas masas pequeñas y sin conexión entre sí. Algunos encinares o los hayedos en los que se favorece, mayormente, una sola especie y no albergan la misma biodiversidad que un bosque mixto.

Se observa una tendencia en toda la CAPV, a nivel productivo, de pasar del cultivo de pino al de eucalipto y Cryptomeria japónica y eso supone un deterioro mucho mayor.

Pero también están surgiendo cada vez más iniciativas de recuperar bosques autóctonos, a nivel de sociedad civil y algunos municipios, que están tomando conciencia y desarrollando proyectos de restauración.

El futuro que esperamos para nuestros bosques es un mayor equilibrio entre cultivos y naturaleza. No podemos renunciar a los primeros, pero estamos renunciando a los segundos y tampoco nos conviene. Se han de recuperar manchas de bosque autóctono que además deben de ser más grandes y, sobre todo, estar conectadas entre sí. El equilibrio debe ser el futuro.

Personas y bosques, bosques y personas. En el momento actual en el que estamos y partiendo de la frase de Elton Trueblood que consta en vuestra web “Cuando una persona planta árboles bajo los cuales sabe muy bien que nunca se sentará, ha empezado a descubrir el significado de la vida”, ¿con qué palabras pondríais fin a la entrevista?

Pues, enlazando con la pregunta anterior, no aspiramos a una utopía, en la que la mayor parte de la superficie revierta a su estado primigenio y se convierta en bosque. Pero sí soñamos con tener muchos y grandes bosques. Bosques sanos, que no tengan al ser humano como protagonista, sino a la naturaleza en su totalidad. Y que alberguen toda la biodiversidad de la que son capaces, con infinidad de especies de flora, fauna, hongos y todas las complejas relaciones que establecen entre ellos y que, como ya hemos visto, son vitales para la salud del planeta y para la nuestra como especie.

Puede que el significado de la vida no sea plantar un árbol, pero hasta que no seamos capaces de ver que el sentido de la vida está en la naturaleza, no estaremos haciendo nada.

 

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